Viena, al final de la II Guerra Mundial, quedó dividida en cuatro sectores (al igual que Berlín) hasta 1955. Afortunadamente ahí no hubo muro. Las potencias ocupantes llegaron a un acuerdo de desocupación y la creación del Estado Austríaco dotándole de una constitución. Por medio de esa constitución y por el tratado fundacional del Estado Austriaco el gobierno está obligado in perpetuam a preservar los monumentos y símbolos soviéticos de la época de la ocupación.
En el más puro estilo soviético en la Schwarzenbergplatz, en el centro de Viena, se erige el Monumento a los Héroes del Ejército Rojo. Se construyó en 1945 para rendir homenaje a los 17 000 soldados muertos la cruenta Batalla de Viena y ahí permanecerá hasta que el monumento, con el tiempo, se venga abajo por si solo.
A unos 18 Km de Pontedeume, avanzando contracorriente por el río Eume, se encuentra uno de los parajes más bellos que conozco. En pleno corazón de las Fragas do Eume y de su parque natural se erige en lo alto de una colina el monasterio de Caaveiro.
Este año, y en estas fechas, aún nos encontramos con un otoño tardío. A las puertas del invierno los árboles todavía conservan sus hojas con los colores y matices otoñales. Cosas del cambio climático que me recuerdan una frase célebre de alguien que no se quien es: «Nosotros no estamos acabando con la Tierra. La Tierra está acabando con nosotros». Somos totalmente prescindibles.
Al hilo de lo que puse en este blog hace un par de entradas sobre Egipto hubo una cosa (más bien unas cosas) que me llamó la atención y que tuvo su cierta miga. Egipto es el imperio del «uro»; me explico: por todo lados hay legiones de vividores del turismo que le piden a uno un euro (un «uro», como ellos dicen) por cualquier cosa. Desde el trozo de papel higiénico a poder ver -aupado en una ruina- algo que ellos opinan que es transcendente y que sin su ayuda no podrías ver. Simple picaresca.
Antes de entrar en detalles debo referirme a mi pasado con la Historia. Si, Historia con mayúsculas ya que me refiero a la asignatura que cursé en mi bachillerato. Me acuerdo de los capítulos dedicados al antiguo Egipto y a sus faraones y, de ellos, uno en particular: Akenatón (Ajenatón, Amenhotep IV o Amenofis IV). Eso del monoteísmo y de que estando solo en el desierto matase a un león se me quedó grabado en la memoria. Lo que no contaba el libro era que este hombre, por su reforma religiosa, sumió al país en un estado profundo de rencor, de que mandó construir una nueva ciudad en el desierto (Amarna) dedicada a Atón, y de que su obra y su ciudad se desmoronaron a su muerte en lo que prácticamente fue una contienda civil.
Pues bien, en Luxor hay un espléndido museo en el que sobreviven estatuas, frescos, grabados, etc… de varios faraones y dinastías. Al final de una sala había un gran plástico iluminado que tapaba algo en una pared. Junto a él, a unos pocos metros, adormecía un vigilante del museo quien al verme se desaletargó. Me hizo señas y me acerqué curioso. Entonces él destapó un poco lo que ocultaba el enorme plástico y vi un magnífico busto realista de Akenatón. Con su dedo índice señaló el busto y mi cámara, verticalizó el dedo y dijo «un uro». Pues eso, por un «uro» retiró el plástico y le hice varias fotos a mi amigo Akenatón.
Hace unos años estuve en Egipto haciendo turismo. En mi grupo familiar éramos cinco mujeres y el que suscribe. Nuestro guía se refería a nosotros, con mucha sorna, diciendo: «El grupo de Román y sus mujeres…». El viaje fue plácido, instructivo y pródigo en fotografías.
Ordenando archivos me encontré esta foto que tiene su anécdota. Está hecha en la planicie de Giza, lejos de las pirámides y en pleno desierto. Sin encomendarme ni a Dios ni al diablo alquilé un camello y con un oriundo me adentré entre las arenas y las rocas. Ni un alma. En esto apareció, dibujándose desde la lejanía, un policía turístico a lomos de su camello y, al rato, pasó por delante de mi. Llamé su atención por señas indicándole que quería hacerle una foto. También por gestos me contestó que «ni de coña». Siguió su camino y, al punto, regresó pasando -solemne y pausado, en forma literal- por delante de mi y sin mirarme en ningún momento. Su intención era clara: Anda, sácame unas fotos y regresa pronto con la manada… Buena gente la hay en todos los sitios.
Mi regreso al grupo fue literalmente apoteósico. Mi mujer desesperada y el guía con un ataque de nervios (creo recordar que en aquellos momentos se dirigía a la policía). Al parecer lo que hice no se debía hacer a no ser que quisiese tener problemas variopintos y serios. Me cayó una bronca-chorreo monumental de unos y otros, pero la experiencia y las fotos merecieron la pena.
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