Hace unos años estuve en Egipto haciendo turismo. En mi grupo familiar éramos cinco mujeres y el que suscribe. Nuestro guía se refería a nosotros, con mucha sorna, diciendo: «El grupo de Román y sus mujeres…». El viaje fue plácido, instructivo y pródigo en fotografías.
Ordenando archivos me encontré esta foto que tiene su anécdota. Está hecha en la planicie de Giza, lejos de las pirámides y en pleno desierto. Sin encomendarme ni a Dios ni al diablo alquilé un camello y con un oriundo me adentré entre las arenas y las rocas. Ni un alma. En esto apareció, dibujándose desde la lejanía, un policía turístico a lomos de su camello y, al rato, pasó por delante de mi. Llamé su atención por señas indicándole que quería hacerle una foto. También por gestos me contestó que «ni de coña». Siguió su camino y, al punto, regresó pasando -solemne y pausado, en forma literal- por delante de mi y sin mirarme en ningún momento. Su intención era clara: Anda, sácame unas fotos y regresa pronto con la manada… Buena gente la hay en todos los sitios.
Mi regreso al grupo fue literalmente apoteósico. Mi mujer desesperada y el guía con un ataque de nervios (creo recordar que en aquellos momentos se dirigía a la policía). Al parecer lo que hice no se debía hacer a no ser que quisiese tener problemas variopintos y serios. Me cayó una bronca-chorreo monumental de unos y otros, pero la experiencia y las fotos merecieron la pena.


Me quedé con los deseos de ver una foto de «tus mujeres»…
Esto era como el chiste del que expulsaron del colegio religioso por «adelantado» en el rezo del Ave María… Cuando todos estaban en el «bendita tu eres», él estaba ya «entre todas las mujeres». Un abrazo.