Fraga, en gallego, da nombre a un lugar con una vegetación densa que nace espontáneamente; es decir, lo que en castellano se aproxima bastante al concepto de bosque. Hay algo más: la magia de las «fragas» con sus ríos, molinos ruinosos, sus nieblas y sus historias. Suelen ser lugares silenciosos, no más que aquellos ruidos que producen el viento y algunos pájaros que los habitan.
Hay unas fragas muy conocidas situadas entre La Coruña y Ferrol: «As Fragas do Eume». Bordean por ambas orillas al río Eume que desemboca en la localidad cercana de Pontedeume. Alisos, chopos, castaños, robles y otros árboles nobles acompañan al Eume en su plácido descenso hacia el mar. Unas plantas que caracterizan a estas fragas son los helechos ya que son varias las especies relictas que ahí están presentes. Son supervivientes de otras épocas y que encontraron su acomodo y su refugio en el valle del Eume.
Es fácil ver al martín pescador brujuleando sobre las aguas. También, mucho mas esquivos, están el zorro, la gineta, el búho real, el gato montés y otros.
En la zona de la cabecera del largo valle del Eume se ubica un monasterio de origen románico: el monasterio de Caaveiro. Su entorno es magnífico. Rodeado de una densa vegetación se encuentra flanqueado por el Eume y un pequeño afluente en el que hay pequeñas cascadas y pozas. Ahí hay restos de molinos con gigantescas ruedas de piedra que la fuerza del agua arrastró en su día. Los musgos y los líquenes se encargan de dar al paisaje ese «toque» mágico que acompaña al lugar un día neblinoso en el que la niebla llora y empapa de agua la vegetación y las rocas del lugar.

