El vuelo del Fénix

Tengo un drone, un DJI Phantom 2 que voy volando menos que más acertadamente. Pese a que su vuelo es pausado carezco -espero que por el momento- de la habilidad necesaria para controlar sus dos mandos con cierta elegancia. Nunca he manejado videoconsolas por lo que mis dedos pulgares, de vez en cuando, se quedan agarrotados intentando comprender las órdenes aturulladas que les llegan desde mi perplejo cerebro.

El faro de Punta Nariga

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El Estado Islámico en el Atlas marroquí

 

Mi esposa y yo disfrutábamos de un espléndido viaje por el Atlas marroquí visitando pequeños lugares antes de acercarnos a la colosal cordillera. En una explanada, cercana a un pueblo, paramos a tomar una infusión y, al salir, vimos que llegaban a toda pastilla unos 7 todoterrenos en los que en alguno de ellos iban montadas metralletas de gran calibre. Alucinados vimos que portaban las banderas del ISIS. Eran vociferantes y se organizaban según bajaban de los vehículos. El estado de “pasmo” de mi mujer y mío propio cambió rápidamente a un estado de inquietud y alarma real. Pasaron varios segundos y aparentemente no pasaba nada hasta que llegó la policía, cortó la carretera, y -con cierta sorna- me indicaron que dejase de tomar fotos, que no se podía… estaban filmando una película.

El susto, de verdad, fue morrocotudo.

Las Bardenas Reales

Uno de los parajes del norte de la península más espectaculares que conozco es el de las Bardenas Reales. Las Bardenas son un “semidesierto” situado en el extremo sureste de la comunidad foral de Navarra. Se caracterizan por su clima muy seco de carácter continental con temperaturas muy altas en verano y muy frias en invierno. Las clasificaciones son engañosas a la par que subjetivas: el que se denomine semidesierto a las Bardenas está en función de varias variables, entre ellas, el índice de precipitaciones anuales. Llover llueve, de eso doy fé, ya que en esta ocasión que las visité de nuevo llovía bastante (finales de diciembre de 2017), pero la naturaleza peculiar del suelo y las rocas (arcillas, yesos y, en menor medida, areniscas) condicionan la absorción del agua en el terreno. Tenemos entonces un secarral, mayormente arcilloso, con escasa vegetación de tipo matorral que sobrevive a duras penas. Un desierto amarillento-rojizo que me recuerda algunas zonas del Atlas marroquí.

El Castil de Tierra. Una formación geológica singular, producida por erosión diferencial, de visita obligada en un viaje a las Bardenas.

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Zumaia, el flysch y el fin de una era (y el principio de otra…)

El el pasado me dediqué a lo que se denominan bioeventos; es decir, a aquellos episodios extraordinarios que marcan pautas puntuales de extinción (y posterior regeneración) de las especies que han vivido en la Tierra. Se suele hablar de la extinción del final del Cretácico como de “gran extinción”, pero haberlas hubo más y con momentos realmente muchísimo más críticos en la historia de la vida en la Tierra (por ejemplo, la extinción del Pérmico acabó con el 95% de las especies marinas y con el 70% de las especies vertebradas terrestres).

La del final del Cretácico, justo en el límite del Cretácico con el Terciario (K/T o K/Pg), es llamativa por efecto del meteorito que impactó en la Tierra y que produjo la extinción de los dinosaurios (aunque hoy se sabe que alguno sobrevivió). El que los grandes reptiles se extinguieran permitió que unos pequeños oportunistas supervivientes evolucionaran rápidamente y se diversificarán. Eran los mamíferos y, por ello, estamos ahora aquí.

Las rocas del flysch de Zumaia se sumergen en el mar Cantábrico.

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