Egipto. Los archivos ocultos.

Al hilo de lo que puse en este blog hace un par de entradas sobre Egipto hubo una cosa (más bien unas cosas) que me llamó la atención y que tuvo su cierta miga. Egipto es el imperio del «uro»; me explico: por todo lados hay legiones de vividores del turismo que le piden a uno un euro (un «uro», como ellos dicen) por cualquier cosa. Desde el trozo de papel higiénico a poder ver -aupado en una ruina- algo que ellos opinan que es  transcendente y que sin su ayuda no podrías ver.  Simple picaresca.

Antes de entrar en detalles debo referirme a mi pasado con la Historia. Si, Historia con mayúsculas ya que me refiero a la asignatura que cursé en mi bachillerato. Me acuerdo de los capítulos dedicados al antiguo Egipto y a sus faraones y, de ellos, uno en particular: Akenatón  (Ajenatón, Amenhotep IV o Amenofis IV). Eso del monoteísmo y de que estando solo en el desierto matase a un león se me quedó grabado en la memoria. Lo que no contaba el libro era que este hombre, por su reforma religiosa, sumió al país en un estado profundo de rencor, de que mandó construir una nueva ciudad en el desierto (Amarna) dedicada a Atón, y de que su obra y su ciudad se desmoronaron a su muerte en lo que prácticamente fue una contienda civil.

akenaton

Pues bien, en Luxor hay un espléndido museo en el que sobreviven estatuas, frescos, grabados, etc… de varios faraones y dinastías. Al final de una sala había un gran plástico iluminado que tapaba algo en una pared. Junto a él, a unos pocos metros, adormecía un vigilante del museo quien al verme se desaletargó. Me hizo señas y me acerqué curioso. Entonces él destapó un poco lo que ocultaba el enorme plástico y vi un magnífico busto realista de Akenatón. Con su dedo índice señaló el busto y mi cámara, verticalizó el dedo y dijo «un uro». Pues eso, por un «uro» retiró el plástico y le hice varias fotos a mi amigo Akenatón.

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