Acabo de regresar de comer en un lugar que nunca se me habría ocurrido. Me lo recomendó una amiga y acertó con el sitio ya que la comida -casera- estaba como tenía que estar: buena y barata para la calidad del producto. El sitio, una casa de comidas tradicional, se llama «Cosmoba» y está en la céntrica calle coruñesa del Orzán, en su extremo próximo a la plaza de Pontevedra.
Nada de aceite requemado, de ese multioloroso con aires de pescado. Todo pulcro y las raciones muy abundantes. Gente no mucha pero la suficiente.
En cuanto me senté empecé a recrear la mirada por el ambiente y me llamó la atención una cosa: las mesas estaban ocupadas por solitarios. Personas mayores con porte digno que salpicaban por aquí y por allá el comedor. Un hola y un adiós que denotaban conocimiento entre ellos. También me sorprendió que una vecina de mesa llevaba su bolsita de plástico con tarrinas; de las raciones guardaba la mitad imagino que para la cena.
Incluso la camarera, atenta, listaba de viva voz y lentamente los difrentes platos del menú. Está acostumbrada a tratar con gente mayor que necesita escuchar y comprender lo que se le dice. Un arte.
Es un ambiente que desconocía por completo: el que refleja de primera mano la soledad de las personas. Es el que llaman el «mal del siglo XXI». En él estamos y no me falta mucho…









