Acabo de regresar de comer en un lugar que nunca se me habría ocurrido. Me lo recomendó una amiga y acertó con el sitio ya que la comida -casera- estaba como tenía que estar: buena y barata para la calidad del producto. El sitio, una casa de comidas tradicional, se llama «Cosmoba» y está en la céntrica calle coruñesa del Orzán, en su extremo próximo a la plaza de Pontevedra.
Nada de aceite requemado, de ese multioloroso con aires de pescado. Todo pulcro y las raciones muy abundantes. Gente no mucha pero la suficiente.
En cuanto me senté empecé a recrear la mirada por el ambiente y me llamó la atención una cosa: las mesas estaban ocupadas por solitarios. Personas mayores con porte digno que salpicaban por aquí y por allá el comedor. Un hola y un adiós que denotaban conocimiento entre ellos. También me sorprendió que una vecina de mesa llevaba su bolsita de plástico con tarrinas; de las raciones guardaba la mitad imagino que para la cena.
Incluso la camarera, atenta, listaba de viva voz y lentamente los difrentes platos del menú. Está acostumbrada a tratar con gente mayor que necesita escuchar y comprender lo que se le dice. Un arte.
Es un ambiente que desconocía por completo: el que refleja de primera mano la soledad de las personas. Es el que llaman el «mal del siglo XXI». En él estamos y no me falta mucho…



Me ha gustado el breve relato de ese restaurante próximo a la Plaza de Pontevedra que describe esos lugares que suponía perdidos en la noche de nuestros recuerdos, muy lejos de nuestro presente cada vez más masificado y artificial. Es que los que nacimos -pluralizo- en el 52 recordamos todavía esos ambientes cada vez menos habituales. Diez puntos para Vuecencia.
José Luis – EA1DPU
Gracias José Luis. Lo que es el ambiente -como tal- tiende a desaparecer, tal como escribes. Desafortunadamente el otro ambiente, el de las personas solitarias, se incremente. Un abrazo!
El valor de las cosas, existe cuando no pasan desapercibidas,
Así es Carlos. Un abrazo!