Archivo de la categoría: Paisaje

Atlante

Cada vez que voy al faro de Punta Nariga, en las cercanías de Barizo (Malpica) no me resisto a hacerle una nueva foto a su atlante. La escultura de Manuel Coia realmente me gusta mucho y mi dedo índice se desplaza instintivamente al disparador de la cámara. Imperturbable en el paso del tiempo, colgado hacia el vacío, el atlante no se decide a emprender el vuelo sobre el Atlántico. Es posible que quiera permanecer aún ligado a la tierra que le vio nacer.

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Amapolas

En esta época de finales de primavera los trigales se inundan de amapolas. Forman un fuerte contraste en el fondo verde del trigo sin agostar. Poco les queda pues son bastante efímeras y el paisaje se mudará a un único color dorado de las mieses listas para ser cosechadas.

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La cruz de un «percebeiro»

La Costa da Morte es falsa y ello lo atestiguan las cruces dedicadas a aquellos «percebeiros» arrastrados por las olas. Se esparcen aquí y allá por la costa de O Roncudo, cerca de Corme, célebre por sus percebes.  Son testimonio de la dura vida -y muerte- de estas gentes. Quizá la gaviota sea el alma de uno de ellos que vuela libre, cuando quiere, por encima de las olas del océano.

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Las aguas del río Duero.

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja;
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

No es el río Duero que versificó Gerardo Diego en su «Romance del Duero» ni tampoco el poema de larga métrica que compuso Antonio Machado en «A orillas del Duero«. Alguna de sus aguas procederá de aquellos campos de Castilla endurecidos por un sol abrasador, pero el discurrir del agua se las ha llevado al océano.  También el Duero de Luis Góngora ya enmudeció hace tiempo desde las épocas en que lo negaba. Las fotos son de un río Duero actual, vivo y serpenteante. Una cinta de plata que recorre los valles del norte de Portugal hasta el Atlántico. Cruza una orografía agreste y frondosa lamiendo a sus orillas espesos bosques. Unos paisajes prácticamente vírgenes salpicados aquí y allá por caseríos aislados y por viñedos de los que su zumo provee de excelentes vinos. La placidez de su curso quizá moldeó el carácter apacible, jovial, y amable de las gentes que viven a sus orillas.

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Cementerios. La cultura de un pueblo.

No es que me dedique a hacer lo que se denomina «necroturismo» y que está de cierta moda. Me gusta visitar cuando viajo los cementerios de un lugar ya que recogen y muestran la cultura de una sociedad. Varían de sitio en sitio y dan una idea del estatus de una sociedad. Así, el visitar las necrópolis de los pueblos marineros de Galicia contrastan con la sobriedad de los cementerios castellanos o el barroco de los andaluces.

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Lo mismo hago cuando viajo al extranjero y, en este caso, a Portugal, en donde visité estos días dos cementerios (cimitérios, en portugués) cercanos a Castelo de Paiva. En una sociedad profundamente matrialcal, en la que el núcleo familiar tiene una gran importancia y se mantiene muy unido, tiene su reflejo en sus cementerios. Esto se observa en lo escrupulosamente cuidados que se encuentran los de tipo rural. Impecables, ordenados, pulcros y ornados. Flores frescas por todos los lugares, avenidas y lápidas limpias, farolillos o lucernas mayormente encendidas… También su emplazamiento dista del núcleo urbano y se localiza en zonas privilegiadas por su paisaje.

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