No es que me dedique a hacer lo que se denomina «necroturismo» y que está de cierta moda. Me gusta visitar cuando viajo los cementerios de un lugar ya que recogen y muestran la cultura de una sociedad. Varían de sitio en sitio y dan una idea del estatus de una sociedad. Así, el visitar las necrópolis de los pueblos marineros de Galicia contrastan con la sobriedad de los cementerios castellanos o el barroco de los andaluces.
Lo mismo hago cuando viajo al extranjero y, en este caso, a Portugal, en donde visité estos días dos cementerios (cimitérios, en portugués) cercanos a Castelo de Paiva. En una sociedad profundamente matrialcal, en la que el núcleo familiar tiene una gran importancia y se mantiene muy unido, tiene su reflejo en sus cementerios. Esto se observa en lo escrupulosamente cuidados que se encuentran los de tipo rural. Impecables, ordenados, pulcros y ornados. Flores frescas por todos los lugares, avenidas y lápidas limpias, farolillos o lucernas mayormente encendidas… También su emplazamiento dista del núcleo urbano y se localiza en zonas privilegiadas por su paisaje.
Los abalorios, las fotos, candiles, recuerdos, exvotos, etc… abundan sobre las tumbas. Las advocaciones de los que quedan y lloran a los que ahí están. Es una parafernalia que atrae a la vista que no sabe dónde posarse y vaga de tumba en tumba.
En el Portugal rural aún conservan el recuerdo de los muertos. No se esconden de la muerte y mantienen viva esta unión que se dio en vida con sus deudos. Es buena, bajo mi punto de vista, esa comunión. Se mantiene la cultura de un pueblo.








