La llanura está helada. La niebla se condensó como escarcha sobre los campos de labor de La Bureba. El ambiente gélido del amanecer entumece los dedos que sujetan la fría cámara. Un árbol adormecido por el invierno emerge solitario entre la niebla. La intensa actividad de la zona, en la que a pocos metros discurre la Nacional I, queda enmascarada por el velo de la niebla. Castilla es así, un rato más y para casa al calor de la gloria.
Frio.
La niebla helada acaba de levantarse y aparece el sol. La humedad de la niebla ha depositado sus gélidas gotas sobre los vegetales y el viento del norte las ha dispuesto como un peine de hielo en un lado de las ramas. Todo el paisaje se vuelve blanco y parece el escenario de un inmenso anís escarchado. Al punto, el calor comienza a derretir el hielo y una música de infinitas gotas de agua empieza a sonar en el bosque. Unos minutos más y el efecto mágico habrá desaparecido.
Luz y niebla.
Hay momentos mágicos en que la luz parece quedar atrapada en la niebla. No suceden frecuentemente y es el azar el que te los pone delante. Bueno, no tanto, si no se sale a buscarlos desde luego que no se encuentran.
Se trata de una extremadamente fría mañana de finales de diciembre en los Montes Obarenes, en el norte de la provincia de Burgos.
Niebla.
La niebla es la catarata que se pone en la vista de la Naturaleza. Todo se desperfila, los sentidos se aguzan y los sonidos nos desorientan. Es un velo frio que nos humedece y cubre de pequeñas perlas todo aquello que toca. No es buena compañera y más de uno que anduvo por la montaña lo sabe; al no existir referencias en el paisaje lo más probable es que te pierdas.
Todo se vuelve ignoto. El camino ya conduce a cualquier parte y el entrono te atenaza. Lo mejor es quedarse en tu refugio al abrigo de un techo y de la lumbre.
Fósil. No tocar.
Estas Navidades me di un paseo por el pequeño pueblo burgalés de Herrán y por su desfiladero. El paraje, agreste, es realmente muy bonito desde el punto de vista paisajístico e, incluso, el histórico ya que por el desfiladero discurría una calzada romana que se adentraba en los territorios de los austrigones (País Vasco en la actualidad).





