Fósil. No tocar.

Estas Navidades me di un paseo por el pequeño pueblo burgalés de Herrán y por su desfiladero. El paraje, agreste, es realmente muy bonito desde el punto de vista paisajístico e, incluso, el histórico ya que por el desfiladero discurría una calzada romana que se adentraba en los territorios de los austrigones (País Vasco en la actualidad).

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Paseando por el pueblo me sorprendió ver una pequeña placa de arcilla cocida que tenía una inscripción. En ella se aludía a la condición de fósil de la roca situada a su izquierda. Recomendaba que no se tocase. Se trata de una toba o travertino, muy común en lugares donde emerge el agua en macizos calcáreos, y que se forma por el depósito del carbonato cálcico que lleva en disolución el agua sobre raíces y tallos vegetales. Es más bien una estructura de depósito de cal que un fósil. De todas formas no les quiero quitar la ilusión.

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Más me sorprendió el caso de la toba ya que hacía unos minutos que acababa de regresar del paseo por el desfiladero y ver un fósil realmente precioso. En un muro situado a una docena de metros de las primeras casas de Herrán había todo un señor pedazo de un estromatopórido. ¿Qué es eso?… pues todo un superviviente que a lo largo del -principalmente- Paleozoico y del Mesozoico se encargó, a través de si mismos o con los corales y otros grupos, de formar los antiguos arrecifes que existieron en el pasado. Eran espongiarios (esponjas del grupo de las escleroesponjas) caracterizados por tener una estructura compleja en la que intervienen láminas de carbonato cálcico que le infieren el aspecto bandeado que se observa en la foto.

La muestra de estromatopórido de la foto tiene una especial relevancia ya que es de los últimos representantes del grupo antes de su total extinción al final del período Cretácico. Lamentablemente no tenía chapita de «fósil» o de «no tocar».

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