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Ribeira Sacra.

La Ribeira Sacra, aquella que aludió a un robledal y no a la ribera de los ríos, al final se asocia por lo que no era: las riberas de los ríos Miño y Sil. Ambos ríos excavaron profundas gargantas y cañones a lo largo de sus cauces. En esos escarpes, en sus laderas sur, los romanos plantaron sus vides y dieron lugar, desde entonces, a la actual tradición vinícola de lo que se llama -como denominación de origen- Ribeira Sacra.

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La cosecha de inicios del pasado otoño ya pasó. Quedan los viñedos convertidos en aparentes eriales en los cuales se trabaja en estos inicios de la primavera. El verdor comenzará a resurgir para dar paso, otra vez, a los tonos profusamente rojos y dorados que señalarán el inicio de la nueva vendimia.

Hoy los viñedos presentan un aspecto descarnado. Forman un paisaje aparentemente desolado en las que palos y cañas brotan desnudos de la tierra. Un paisaje atávico que me recuerda lo ancestral y lo medieval. Son como esqueletos de dedos apuntando al cielo que se encarnarán en breve.

Cabo Finisterre.

Cuenta la historia que, allá, por el siglo II A.C., el comandante romano Decio Juno Bruto llegó con sus legionarios a un punto que consideraron el fin de la Tierra. Presos de un profundo temor se postraron ya que habían alcanzado el Fin del Mundo, la Fisnis Terrae que dio origen al nombre de nuestro querido cabo de Finisterre.

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Se equivocaron. No era la Finis Terrae ya que ese honor le pertenecería -si fuese el caso-  al cercano cabo de Touriñán; por unos pocos segundos le gana la partida a Finisterre. Tampoco Touriñán es la Finis Terrae ya que el cabo más occidental de Eurasia es el Cabo da Roca, en las proximidades de Lisboa. Pese a todo ello el cabo Finisterre se ha quedado con el nombre y con los laureles.

Fisnisterre no es -ni con mucho- mi cabo preferido de la costa gallega. Antes prefiero Cabo Vilán, Touriñán, Bares, Ortegal y algunos otros. Finisterre tiene su fama, pero es anodino y está de moda. El que esté de moda significa que una vorágine de turistas, peregrinos y «circunstantes» como yo caigan, de vez en cuando, por ese paraje. Si viene una visita a domicilio de gente de fuera de Galicia impepinablemente se empeñan en ir a Finisterre y, amigos, a uno le toca ir…

Pues bien, ahí arriba está la foto como testigo de mi protopenúltima visita al Cabo Finisterre.

Cabo Vilán.

Uno de los paisajes más fascinantes que he contemplado es el de Cabo Vilán.  Traducido es Cabo Villano y, tanto él como su entorno, han dado sobradas muestras de su perfidia. Centenares de barcos han sido estrellados contra sus acantilados o han destrozado sus bajos sobre los pérfidos arrecifes que están, traicioneramente agazapados, bajo una somera capa de agua. Su faro se yergue sobre una roca que parece inaccesible y sus islotes se introducen en el océano como una lanza en paisaje de ficción.

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Ayer había una pequeña galerna con vientos de 80 Km/h, los suficientes para tumbar a la gente que visitaba el faro. Ni imagino un temporal de esos de vientos huracanados en los que el rugir de las olas y el sonar del viento  ponen -si ello es posible allí- los pelos de punta.

Para ennoblecer a la Costa da Morte ahí está -y estará- el faro de Cabo Vilán, una guía para los marineros que surcan estas peligrosas aguas del Atlántico.

Picos de Europa

Son una pequeña porción de la Cordillera Cantábrica pero, por su peculiaridad, forman una unidad geográfica (y geológica) individualizada. Su grandiosidad nos hace sentir pequeños. Sus cumbres inalcanzables. En la foto un atardecer desde las cercanías del puerto de Pandetrave.

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Furtivos en la ría.

Podría ser el título de una película al estilo de «Perdidos en la niebla», pero no, es la realidad cotidiana en la Ría do Burgo, en A Coruña. Constantemente hay altercados entre furtivos y mariscadores, cortes de carretera en el Ponte do Pasaxe (en el momento de las fotos estoy debajo de ese puente), intervenciones de la Guardia Civil, Costas y la Santa Compaña. Es inútil, los furtivos siguen campando por sus anchas e imperturbables delante mismo de los mariscadores que ya llegaron a un momento en el que -por aburrimiento- pasan de todo.

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Los dos furtivos de la primera foto, pese a que en aquel momento no les estaba haciendo fotos a ellos, me increparon. La verdad es que tenían una pinta que no pronosticaba un buen futuro si les orientaba el objetivo a ellos. Prudentemente esperé silbando un poco a que escampase el temporal y les hice la foto «a hurtadillas».

Una plaga difícil de eliminar ya que hay siempre descerebrados que les compran el producto y que, además, venden con desparpajo en plena calle.

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