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La rueda de afilar.

Ourense ha sido la cuna de una profesión, ya centenaria, que se difundió «per urbi et per orbe«: la de afilador. Con su chiflo recorrian, pueblos, ciudades y llegaban a alcanzar -a pura alpargata- la capital, Madrid. Solitarios, formaban casi un gremio que llegó a tener lenguaje propio, el ballarete. Los había -recuerdos de mi infancia- que llevaban empujando su rueda de afilar mientras que avisaban de su paso con el trilurá de su chiflo. Otros, en cambio, iban motorizados y un sistema de engranajes y poleas activaba la rueda de afilar desde la rueda trasera de su motocicleta. También los había que arreglaban paraguas y los que ponían parches al fondo de las ollas agujereadas. Una digna profesión que ha quedado en el olvido de la que si quieres recordar su sonido pincha aquí:

Fichero de audio copiado de la Fundación Joaquín Díaz

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Ribeira Sacra.

La Ribeira Sacra, aquella que aludió a un robledal y no a la ribera de los ríos, al final se asocia por lo que no era: las riberas de los ríos Miño y Sil. Ambos ríos excavaron profundas gargantas y cañones a lo largo de sus cauces. En esos escarpes, en sus laderas sur, los romanos plantaron sus vides y dieron lugar, desde entonces, a la actual tradición vinícola de lo que se llama -como denominación de origen- Ribeira Sacra.

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La cosecha de inicios del pasado otoño ya pasó. Quedan los viñedos convertidos en aparentes eriales en los cuales se trabaja en estos inicios de la primavera. El verdor comenzará a resurgir para dar paso, otra vez, a los tonos profusamente rojos y dorados que señalarán el inicio de la nueva vendimia.

Hoy los viñedos presentan un aspecto descarnado. Forman un paisaje aparentemente desolado en las que palos y cañas brotan desnudos de la tierra. Un paisaje atávico que me recuerda lo ancestral y lo medieval. Son como esqueletos de dedos apuntando al cielo que se encarnarán en breve.

El beso de dos ríos.

Es el beso, matrimonio, abrazo, de dos grandes ríos: El Miño y el Sil. Dos flujos de agua que han ensoñado a escritores y poetas. Gil y Carrasco, Avelino Díaz, Manuel María, y muchos más, glosaron las aguas de estos dos ríos que definen Galicia. Aquí, en Os Peares (Ourense) funden sus aguas. El Miño trepidante, con una fuerte corriente y el Sil tranquilo, apacible. Ambos han recorrido muchos kilómetros por cañones escarpados y su agua lame en estos momentos las orillas de la Ribeira Sacra. Bajo el puente del ferrocarril discurre el Miño con su agua azul oscuro y, en primer plano, el Sil con su agua azul claro. Tras fundirse en este punto alcanzarán, en breve, la comarca del Ribeiro tan famosa por su vino como la propia Ribeira Sacra.

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Cabo Finisterre.

Cuenta la historia que, allá, por el siglo II A.C., el comandante romano Decio Juno Bruto llegó con sus legionarios a un punto que consideraron el fin de la Tierra. Presos de un profundo temor se postraron ya que habían alcanzado el Fin del Mundo, la Fisnis Terrae que dio origen al nombre de nuestro querido cabo de Finisterre.

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Se equivocaron. No era la Finis Terrae ya que ese honor le pertenecería -si fuese el caso-  al cercano cabo de Touriñán; por unos pocos segundos le gana la partida a Finisterre. Tampoco Touriñán es la Finis Terrae ya que el cabo más occidental de Eurasia es el Cabo da Roca, en las proximidades de Lisboa. Pese a todo ello el cabo Finisterre se ha quedado con el nombre y con los laureles.

Fisnisterre no es -ni con mucho- mi cabo preferido de la costa gallega. Antes prefiero Cabo Vilán, Touriñán, Bares, Ortegal y algunos otros. Finisterre tiene su fama, pero es anodino y está de moda. El que esté de moda significa que una vorágine de turistas, peregrinos y «circunstantes» como yo caigan, de vez en cuando, por ese paraje. Si viene una visita a domicilio de gente de fuera de Galicia impepinablemente se empeñan en ir a Finisterre y, amigos, a uno le toca ir…

Pues bien, ahí arriba está la foto como testigo de mi protopenúltima visita al Cabo Finisterre.

La monedita.

No hay mejor cosa, como prueba irrefutable de haber concluido la peregrinación a Santiago de Compostela en Fisterra que meter tu par de euros en el peregrino de chapa matálica -y darle a la manivela- para que salga una monedita o plaquita conmemorativa de tal evento. Por el par de euros la maquinita podía estar electrificada y, así, evitar al incauto turista el esfuerzo de la palanca. Una trampa más para que los incautos dejen sus euros a lo largo del «camino» y entrecomillo lo de camino ya que no tengo muy clara la relación entre Fisterra y el Apóstol Santiago…

En la mano libre le podían haber puesto un paraguas…

apostol