Ourense ha sido la cuna de una profesión, ya centenaria, que se difundió «per urbi et per orbe«: la de afilador. Con su chiflo recorrian, pueblos, ciudades y llegaban a alcanzar -a pura alpargata- la capital, Madrid. Solitarios, formaban casi un gremio que llegó a tener lenguaje propio, el ballarete. Los había -recuerdos de mi infancia- que llevaban empujando su rueda de afilar mientras que avisaban de su paso con el trilurá de su chiflo. Otros, en cambio, iban motorizados y un sistema de engranajes y poleas activaba la rueda de afilar desde la rueda trasera de su motocicleta. También los había que arreglaban paraguas y los que ponían parches al fondo de las ollas agujereadas. Una digna profesión que ha quedado en el olvido de la que si quieres recordar su sonido pincha aquí:
La rueda de afilar.
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