Llevo una temporada melancólico, morriñoso diría yo, quizá por efecto de los 60 años que acabo de cumplir. Esa morriña puede que sea la que me induce a regresar a los escenarios de mi infancia-adolesciencia en un sitio donde realmente he sido feliz: me refiero al pequeño lugar o pueblo de Pontella (Santirso de Vilanova, Malpica). Era, dentro de unos límites, libre.
La historia se localiza en las cercanías de Malpica de Bergantiños, en «a costa da morte» y comienza para mi una fria noche de invierno de hace exactamente 50 años en la que de la mano de mi madre -recién destinada como maestra en Villanueva (Vilanova, en gallego)- aterrizé en el lugar. Era una noche oscura como la boca del lobo y en el largo trayecto que había desde el cruce de Malpica hasta la escuela no había ni una sola luz. Me impresionó tanto que aún me acuerdo como si fuese hoy.
La casa-escuela.





