Parece una situación planteada por Groucho Marx. Cuando vi el faro de Lariño, abandonado él, y la pintada en un muro que ponía «Salvemos o Faro» mis ojos no daban crédito. Un faro es para salvar vidas, no para que lo salvemos a él. Un bonito faro que, seguro, sirvió de guía a los marineros, les dió esperanza y les salvó en alguna situación, sufre un ignominioso corredor de la muerte. Ya lo sabemos, en este país se abandona el patrimonio, se deja que se hunda y, luego, si se le cruza el cable a alguna administración, se reconstruye a partir de sus ruinas.
Se trata de un faro situado en el municipio de Carnota, en «a Costa da Morte«. En 2013 el ministerio de Fomento permitió que, bajo licitación, estos faros que la técnica hizo que quedaran obsoletos, pudiesen ser usados como recintos hosteleros. Qué mejor idea para el uso de un faro que el montar un hotelito o un restaurante o cafetería. Eso rinde unos pocos euros a la hambrienta administración. Ocurrió que el faro de Lariño se quedó compuesto y sin novia ya que nadie licitó por él, ni siquiera fuera de plazo (cosa que se permitió).
Desconozco la situación real del faro a fecha de hoy, pero la noticia que expreso en el párrafo de arriba es muy reciente, concretamente de marzo de 2017. Se me ocurren otros destinos más altruistas y más a tono con la nobleza de un faro: que Fomento lo done al ayuntamiento de Carnota y que se haga ahí un centro de interpretación de lo que sea o que se use para hacer exposiciones o bailes de muñeira. Lo prefiero antes de que se pueda tomar una Coca Cola en él.
Pues eso, salvemos al noble faro.



