De la pérfida Albión partió sir Francis Drake con una gran flota y 20.000 hombres hacia Lisboa. Isabel I de Inglaterra tenía motivos para estar enrabietada por la visita de la Escuadra Invencible a sus costas y, como favor de aquello, quiso truncar la política española con Portugal (en esos momentos formábamos un solo estado), rompiendo la unión de reinos. Sir Francis, goloso, tuvo ciertas noticias de que, en la bahía de La Coruña, recién había atracado un galeón proveniente de las Indias con mucho oro y quiso amortizar -de paso- su cruzada. Corría el mes de mayo de 1.589.
Fácilmente tomó la bahía de La Coruña y sus hombres desembarcaron. La presión del numeroso ejército de Drake, frente a los 1.500 soldados que defendían la plaza, duró varias semanas con muchos muertos por parte de los ingleses (para algo la ciudad estaba amurallada). Al final, una mina explotó y la muralla se derrumbó parcialmente. Por la brecha penetraron los ingleses y uno de ellos, un alférez, plantó sobre la muralla la bandera inglesa prendida en una lanza. En mal momento…
Allí estaba María Mayor Fernández de Cámara y Pita, la popularmente conocida como María Pita, junto al cadáver de su cuarto marido. Vio al inglés y, o bien arrancando la lanza de la bandera o con una espada que recogió del suelo, lo mató. En ese instante la tradición dice que gritó: «¡Quen teña honra que me siga!». A partir de ahí civiles: mujeres, hombres y niños, se unieron a las exiguas fuerzas defensoras y la emprendieron contra los ingleses quienes, desbordados, cansados y desmoralizados, se batieron en retirada.
María Pita era comerciante. De carácter osco con sus vecinos con quienes pleiteó varias decenas de veces. Casada y enviudada cuatro veces fue merecidamente recompensada por Felipe II con un sueldo equivalente al de un alférez más un plus. Además el rey le dio la concesión del comercio de mulas con el vecino Portugal.

