Pasear por el monte tiene sus beneficios y sus frutos para un «urraca» como yo. Una pobre oveja feneció en medio de las alturas y sus restos, calcinados por el sol, fueron recogidos por un bípedo. La limpié, la lavé, y la puse a secar al duro sol castellano. Me fijé que, tal como la había puesto, ejercía una postrera función: la de reloj de sol. Nunca, la pobre Dolly, se imaginó que iba a marcar tan exactamente el mediodía solar. No somos nada.
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