No hay mejor cosa, como prueba irrefutable de haber concluido la peregrinación a Santiago de Compostela en Fisterra que meter tu par de euros en el peregrino de chapa matálica -y darle a la manivela- para que salga una monedita o plaquita conmemorativa de tal evento. Por el par de euros la maquinita podía estar electrificada y, así, evitar al incauto turista el esfuerzo de la palanca. Una trampa más para que los incautos dejen sus euros a lo largo del «camino» y entrecomillo lo de camino ya que no tengo muy clara la relación entre Fisterra y el Apóstol Santiago…
En la mano libre le podían haber puesto un paraguas…
Uno de los paisajes más fascinantes que he contemplado es el de Cabo Vilán. Traducido es Cabo Villano y, tanto él como su entorno, han dado sobradas muestras de su perfidia. Centenares de barcos han sido estrellados contra sus acantilados o han destrozado sus bajos sobre los pérfidos arrecifes que están, traicioneramente agazapados, bajo una somera capa de agua. Su faro se yergue sobre una roca que parece inaccesible y sus islotes se introducen en el océano como una lanza en paisaje de ficción.
Ayer había una pequeña galerna con vientos de 80 Km/h, los suficientes para tumbar a la gente que visitaba el faro. Ni imagino un temporal de esos de vientos huracanados en los que el rugir de las olas y el sonar del viento ponen -si ello es posible allí- los pelos de punta.
Para ennoblecer a la Costa da Morte ahí está -y estará- el faro de Cabo Vilán, una guía para los marineros que surcan estas peligrosas aguas del Atlántico.
Si se lo plantea, a más de uno le sorprende la relación que existe entre Santiago de Compostela y el azabache, ese lignito duro que es susceptible de ser tallado y forma parte de complementos y ornamentos. En Santiago proliferan las tiendas en las que se venden abalorios de azabache finamente tallados y engarzados en plata. También está presente en la toponimia; así, la existencia de la plaza de la azabachería nos refiere a una antigua industria y a un antiguo gremio de artesanos.
En Galicia no hay azabache lo que significa que si la azabachería es una tradición secular lo es también un comercio secular. El azabache que se talló en Galicia (y en otros puntos como León) procede de Asturias donde hubo una importante industria relacionada con este carbón. De hecho, se obtiene en sedimentos de edad jurásica del centro y oriente asturiano. El azabache procede de la fosilización de plantas extinguidas hace 65 millones de años, las protopináceas, además de otras del grupo de las araucarias.
De Asturias, el azabache, migró hacia León (hay una calle en el barrio Húmedo que se llama Azabachería en alusión gremio que ahí se asentó) y hacia el Camino de Santiago, en dirección a Santiago de Compostela. Ahí, en el siglo XIII hubo una concesión real por parte de los reyes de Asturias (Galicia perteneció al reino asturiano, lo mismo que León) por la que el gremio de los «concheiros» (los que comerciaban con conchas de vieira) podía tallar y comerciar con el azabache.
Hoy en día el azabache santiagués no procede de Asturias. Su explotación se acabó en (más o menos) 1919. Actualmente viene de Turquía.
Toda una antigua y vistosa tradición de la que emanan objetos que puedes lucir.
Hoy por la mañana tocó Santiago de Compostela. Me la encontré llena de turistas y mojada como siempre. Mil lenguas diferentes tenían un sustantivo común: el paraguas. Decenas, centenares de paraguas inundaban la plaza del Obradoiro y las callejas adyacentes. La habilidad de los transeúntes con ese complemento húmedo me recordaba a unos maestros de esgrima en un duelo en las alturas. Un mundo versicolor en movimiento del que capté esta imagen en blanco y negro:
Son una pequeña porción de la Cordillera Cantábrica pero, por su peculiaridad, forman una unidad geográfica (y geológica) individualizada. Su grandiosidad nos hace sentir pequeños. Sus cumbres inalcanzables. En la foto un atardecer desde las cercanías del puerto de Pandetrave.