En Galicia, en los tiempos brumosos medievales, hubo una familia nobiliaria que destacó sobre el resto: los Andrade. En ella, el máximo exponente fue don Fernán Pérez de Andrade quién, además, fue el primero de la familia en alcanzar el título de conde. Apasionado de la caballería y de sus principios, aficionado a la literatura de la época y a la poesía, no cejó en engrandecer su -en principio- pequeño condado. Tuvo a la iglesia como su depósito bancario privado: le daba y le quitaba. Su símbolo, el jabalí, está presente en muchas construcciones de su época: castillos, puentes, iglesias y monasteríos. Se supone que de él surgió la frase (aunque atribuida a otro) de «no quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor» en la disputa magnicida que mantuvieron el rey Pedro I y su hermanastro Enrique de Trastamara.
Don Fernán reposa en un bello sarcófago, sostenido por dos jabalíes (jabalís, como diría algún parlamentario/a) y custodiado por dos fieles perros, en la iglesia de San Francisco, en la que fue capital de su condado: Betanzos.





