Archivo de la categoría: Retratos

Enrique Garrote Antón.

Enrique Garrote nació en Santander hace 79 años. Tras una intensa vida, de la que lleva su mapa grabado en el rostro, se estableció en O Burgo (La Coruña) hace 18 años. Surcó los siete mares  que marcaron, como profundas arrugas en la piel, las apretadas isobaras de sus galernas. Atezado por el sol y el aire tiene su faz curtida, oscura, de las horas en las que con su pequeña maleta -su taller ambulante- pasa su tiempo sentado a la intemperie dedicado a su arte: hacer barquitos atrapados en el interior de botellas o bombillas. Carabelas y clippers que despliegan sus velas en los vientres del vídrio, o barquitos de pesca con sus lanzaderas hacia el mar.

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El hábito no hace al monje.

Se trata de Tito, una excelente persona llena de sensibilidad. Hace ya un tiempo hicimos dos sesiones de fotos ya que, su cuerpo, es espectacular en orden de los tatuajes que lo decoran. Dibujos, frases, anagramas, y un largo etcétera forma parte del conjunto de elementos que iluminan su piel.

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De las dos sesiones solo conservo una de ellas, tal que lo era la foto de arriba. Un disco duro pasó a mejor vida con todo un conjunto -para mi importante- de fotografías. Solo queda la miniatura. Algo es algo.

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Mi cámara de campo. Autorretrato.

Hubo una época en que pasaron por mis manos muchas decenas de cámaras clásicas de madera que abarcaron un período comprendido entre finales del siglo XIX a mediados del XX. Eran de maderas finas, como la caoba, o más rústicas, como la soviética de la foto. Todas estaban perfectamente conservadas y en funcionamiento.

Esas cámaras tenían su encanto y su historia. Hablaban de las épocas doradas de la fotografía «analógica». Eran de placas en diversos formatos, principalmente 12×24 ó 13×18 centímetros.

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Hace varios meses me pidieron un foto para publicar con un artículo de prensa. No lo dudé y me hice la foto con la única cámara con la que me quedé: una FKD ucraniana que es el paradigma de la construcción soviética: artesanal, rústica, imprecisa en sus movimientos articulados y pesada. El trípode, el solo, pesa 10 kg. Ni me imagino a un pobre fotógrafo de la antigua URSS portando al hombro semejante artilugio, con el añadido en peso de varios portaplacas robustos, también de madera. Me recuerda las épocas de Ansel Adams tirando de mula cargada con la cámara por Yosemite.

La foto es un autorretrato. Me gustó el efecto que ha resultado de fotografiar y reproducir la foto impresa en papel de periódico con su tono y su textura.

Javier Sanz Gómez, poeta fotográfico.

Para aquellos que no conozcáis su obra o su persona es un placer presentaros a Javier Sanz, fotógrafo, que se dedica a la poesía visual. Es una persona afable que vive en el entorno coruñés y se dedica a fotografiar lo absurdo. Su pensamiento es profundamente surrealista, tal que sus planteamientos fotográficos, y capta situaciones al límite de lo racional. Tiene un punto provocativo, adaptando las tesis de que en el arte hay que serlo, e incide en aquellos conceptos que perturban la mente de la sociedad o a la conciencia.

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