La niebla te convierte en una crisálida. Te amortaja y te adormece en su monotonía. Curiosamente tus sentidos se aguzan y eres capaz de percibir nuevas sensaciones que en principio estaban ocultas: los sonidos, los olores… Los límites indefinidos del entorno nos causan perplejidad y extrañeza al mismo tiempo que nos induce un cierto temor hacia lo desconocido. Muchas veces ese temor se convierte en pavor irracional cuando no hay marcada una senda o las referencias están ausentes. Estás perdido, desorientado… Todo vuelve a la normalidad cuando ella desaparece.
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